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El gran sepulturero:
la despedida del referente
o el vendaval de superficies


Guillermo Yáñez T.

guillermo.contacto@gmail.com
http://guillermoyanez.wordpress.com



Las imágenes de Robert Frank cuando vuelve a la fotografía parecen no ser las mismas. Esa melancolía marginal de sus trabajos iniciales –antes de abandonar la imagen fotográfica por la cinematográfica– no eran otra cosa que melancolías por un referente en fuga, un punto éste situado en un cierto saber que la imagen no atrapa la mirada sino que se pierde en ella. La mirada sería la que ya no ve cuando Robert Frank regresa a la cámara fotográfica, por eso en su regreso no haría otra cosa que  intervenirla con la palabra para habitar en ella. El sentido no sería posible en la imagen porque la imagen parecería no hablar más. Un no hablar más residual de un exceso que la mirada no alcanzaría a penetrar en cuanto transparencia posible, sino que únicamente se contentaría con hacer de la imagen una estética de la superficie mas no del signo y del sentido. Las fotografías de Robert Frank cuelgan de las palabras que hace hablar. No quiere que hablen por sus imágenes sino que den cuenta de la imposibilidad de ya verlas cuando el logos de la disposición abierta por otro tiempo  no hace otra cosa que impedir el sentido de una fotografía que alguna vez habitó el mundo que refería. Tampoco se trata que Robert Frank lamente la pérdida de un mundo (el abierto por el dispositivo fotográfico) sino que únicamente marca el terreno en que se ha de mover su mirada. No habría nada que ver porque no habría nada que mostrar en el exceso de imágenes que pueblan la posibilidad de ser vistas. Posibilidad perdida en la hipersaturación del ciberespacio que no daría tiempo a imaginar un referente que se instale fuera de la pantalla. El mundo sería pantalla y no habría, por ello, un afuera. Al ser el mundo pantalla abierta para ser habitada (simulacral en su inmersión interactiva para el usuario)  no haría otra cosa que actualizar su presente, al punto de hacer imposible imaginar que aquello que se ve en la superficie digital refiera a un mundo posible de habitar en un tipo de realidad diferente a la que ella misma abre. El referente ha muerto. Sin embargo, dicha muerte no es más que la suspensión de la subjetividad moderna. El sujeto de la modernidad habitaba en la distancia del mundo. El mundo era un otro que ocupaba un más allá de él y el modo en que ese mundo se desplegaba en la imagen no era más que en la representación referencial. Pero cuando la representación misma es un espacio posible de ser ocupado, ésta se transforma; “en adelante será el mapa el que preceda al territorio –PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS- es el mapa el que engendra el territorio...” .

No se trata de establecer aquí, con este texto ensayístico, un ejercicio crítico que establecería la intención de  Robert Frank por decir en su trabajo el contexto en que habita la imagen hoy por hoy. Sino más bien de leer esos trabajos de Mabou desde la disposición que abre lo digital en cuanto operación en la cual el referente definitivamente ha muerto. Las imágenes y las palabras no hacen otra cosa que establecer una superficie en la cual la lectura es guiada de alguna u otra manera. Al guiar la lectura se establece una imposibilidad de preocuparse por la trascendencia en busca de imaginar el referente. La imagen se hace superficie y el mundo no está en otra parte sino en su autonomía ontológica: lo que la superficie “es” es en el mundo representado superficialmente (no leer esto último axiológicamente). Esas imágenes ya no son registro de un tiempo muerto del cual los referentes son sus mudos testigos,  son más bien superficies privadas de una profundidad dada por la distancia moderna ya extraviada, son superficies profundas inmanentes en la posibilidad de control y administración del sentido. El mundo de la superficies es el mundo del control del signo. Las superficies no hablan del mundo, lo constituyen como una superficie, que en su exceso, aliena la distancia de la experiencia del mundo no mediado por la pantalla del dispositivo digital. Robert Frank, bajo esta mirada, aparece como el gran e involuntario sepulturero del referente que exhala su último grito inútil en una superficie que no puede decir ya nada de un mundo fuera de la pantalla.


Baudrillard, Jean: La precesión de los simulacros. En: Wallis, Brian ed. (2001): Arte después de la modernidad: Nuevos planteamientos en torno a la representación. Madrid, España: Editorial Akal: p. 253.







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